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De vuelta en Kioto

13 abril 2012

Después de haber pasado unas inolvidables semanas en España hemos vuelto a Kioto. La salida a España fue totalmente imprevista y apresurada, en sólo unas horas compramos billete, hicimos maletas y cogimos el avión desde Osaka. Mi madre estaba en el hospital. La lesión era grave y el pronóstico incierto, pero ella mejoró desde el primer día prodigiosamente. Sé que es una persona valiente y fuerte, y estaba rodeada de personas que la adoran. El médico le dijo que tuvo mucha suerte. Yo creo que la suerte es de las personas que tenemos la oportunidad de estar cerca de ella alguna vez. Irradia una energía que hace sentir feliz y calmado a todos los que se encuentran a su lado. Sí, es un auténtico número 9  🙂

Del extremo sur, donde por fin pude conocer a mi alegre sobrinita Violet, viajamos al extremo norte, donde me reuní por fin con mi bienamado príncipe Jopi, el rufián Kumo, y las delicadas damas de la corte gatuna. En las agrestes e inhóspitas inmediaciones rondaba el Lobo, siempre visible bajo la luz del día; por la noche de entre las sombras salían a pasear la Batman y el Mimoso. La vista del cielo nocturno desde este punto es espectacular. Nos despedimos de la encantadora Reina de los Visones y tras un largo y tortuoso viaje en tren y un inacabable viaje en avión llegamos a Osaka.Tengo un cuaderno de bitácora donde retraté a la criatura Dani en diferentes poses.

Aterrizamos con los tímpanos a punto de explotar, bajamos, recogemos las maletas, se abren las puertas de salida y vemos el cartel del autobús número 8. Entendí 1500 y no 2500 yenes por persona… O_O Aunque lo habría aceptado igualmente porque fue lo primero que vimos al salir y el cuerpo se me empezaba a caer a pedazos. A pesar del ritmo desbocado del autobús que parecía tragarse cualquier otro tipo de vehículo en la autopista, conseguí ver el litoral grisáceo de Osaka, pequeños puertos y playas; y entre montoncitos de plomizos edificios de techos en forma de tableta de chocolate, vislumbré delicados cerezos de tronco oscuro y flotantes ramas rosadas que parecían haber emergido momentáneamente de otros mundos.

Mientras me maravillaba con el paisaje y la lluvia caía en mi ventana, me noté una extraña hinchazón cerca de la oreja. No le dí más importancia. Cuando llegamos al apartamento, tenía la cara de Yummy Yummy. Parecía que me había comido mil bollitos. No pueden ser paperas, ya las pasé de pequeña. Recuerdo perfectamente como el cuello se me quedaba rígido mientras veía Dragones y Mazmorras.

Al día siguiente buscamos un médico en el distrito que hablara inglés. Sólo encontramos uno en nuestra zona, Shimogyou-ku. Dimos un bonito paseo hasta la consulta. Dani descubrió una misteriosa entrada a una callejuela que nunca antes había visto. Detrás de los singulares pórticos de piedra que siempre guardan algún lugar de veneración, había un tierno cerezo cargado de delicadas flores redondeadas y nubes de pétalos. Caminamos un poco más y caímos en el vórtice de un divertido ciclón de pétalos.

Dani me guió muy bien hasta la consulta. Había algo extraño en aquel pequeño y discreto lugar… Todo era muy… antiguo. La camilla parecía decorada con un vetusto potro de tortura de metal. Junto a la mesa del doctor, en el suelo, una longeva y decrépita báscula que parecía tener más de cien años. El momento de la extracción de sangre fue el más inquietante de todos. La jeringa estaba ennegrecida del uso. Me sacó sangre, pero luego no sabía donde meterla. La vertió en un vaso que había por allí, como el que se pone una copa de vino. Luego me pidió una muestra de orina. Me dijo que en el baño había recipientes y que lo dejará allí mismo. El recipiente era un vaso de refresco, con las medidas impresas. Lo dejé encima del WC, como me dijo, sin tapadera ni nada y a la vista de todos, el siguiente visitante al baño si quería se lo podía haber bebido! Nos despedimos de la amable recepcionista y pagamos los 3600 yenes incluyendo el descuento del seguro. El doctor ha descartado que sean paperas, al no tener fiebre ni dolor. Cree que es una alergia, me ha recomendado protegerme con un sombrero grande del implacable sol de Japón.

De vuelta a casa, Dani me enseñó el jardín diminuto que alguien tiene montado en nuestra calle. Tienen unos enormes tulipanes rojos preciosos. Me llamó la atención también un mini-sakura, y nuevas figuras pequeñitas de animales que viven entre las vistosas y alegres plantitas. Un verdadero micro-cosmos. Me encanta.

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